El paso obligatorio para obtener el perdón
Un hombre había ido a ver a un misionero. Su conciencia lo acusaba de algo y deseaba hablarle de ello. Después de vacilar un rato, terminó por confesar que había robado. ¿Y qué has robado?, preguntó el misionero. - Oh, sólo una cuerda, fue la respuesta. -Entonces, dijo el misionero, devuélvela a su dueño. Dile que lo lamentas, y el asunto se arreglará.
Algunos días más tarde el ladrón reapareció y dijo que no había logrado hallar la tranquilidad de espíritu. El misionero reflexionó y luego preguntó: ¿Me contaste todo? -No, dijo el hombre, es que al final de la cuerda había otra cosa. -¿Pues qué?, inquirió el misionero. -Había… ¡había una vaca!
Este relato, cuya autencididad no podemos garantizar, ilustra bien lo que somos. Fácilmente estamos dispuestos a confesar el robo de la “cuerda”, pero no el de la “vaca”. Sin embargo, con Dios debemos ser sinceros, abiertos, no le podemos esconder nada. Confesar las faltas a Dios es el paso obligatorio para obtener pleno perdón y ser liberados. Querer negar o minimizar nuestras faltas deforma nuestra percepción moral, carga nuestra conciencia y nos endurece.
Dios es un Dios de perdón. Confesémosle sencilla y honestamente nuestras faltas. Entonces después de la vergüenza y la tristeza de haber pecado, vendrán la paz y el agradecimiento a Dios. Comprobaremos así que él es fiel a su promesa:”Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:34)




“Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar, pues la Escritura dice: «No pondrás bozal al buey que trilla» y «Digno es el obrero de su salario»
alrededor de 80 milímetros, después, aunque pequeña, caía una lluviecita cada 10 o 15 días. Pero después
paró…
verde y tierno… ahora, que las plantas necesitan agua, sólo reciben el castigo del viento y la arena.
Esta es una pregunta muy difícil de responder para muchas personas y que se convierte en piedra de tropiezo para muchos. La manera más simple de encontrar la respuesta es examinar la naturaleza de Dios y su deseo para la humanidad. Sigue esta lógica: Dios nos ama y quiere también que le amemos. Pero, ¿Cómo podríamos decidir libremente amarlo o no a menos que tengamos también la opción de rechazarle?
En 1985-1986 los artesanos y artistas que repararon la estatua de la Libertad en Nueva York quedaron impresionados por su calidad. Su constructor, el célebre escultor francés Bartholdi, no había dejado nada al azar. Por ejemplo, había puesto mucho cuidado en los detalles de la corona, en sus dentelladas puntiagudas y en la cabeza.
Un célebre comediante fue invitado a una fiesta de familia y se le pidió que recitase un texto. Como no sabía qué escoger, el abuelo le propuso el Salmo 23. El artista, un poco molesto, declamó con su habitual talento y fue felicitado con aplausos. Cuando se hizo silencio, el anciano creyente a su vez recitó el Salmo con su voz habitual. Todos estaban emocionados. Entonces el actor se volvió hacia el abuelo y le confesó: –Bien puedo decir que yo conozco el Salmo, pero usted conoce al Pastor.
El autor medita sobre la oración magistral del Señor. Es un diálogo entre Dios y el hombre.
Al salir triste y pensativo de la habitación de un enfermo, un pastor encontró a un amigo creyente. -No quiso que yo orara por él y está muriéndose. Si usted pudiera, háblele de su alma - dijo el pastor al visitante.
-Quédense con su vieja Biblia. No la necesito, ¡Yo soy mi propio dios! Así fueron recibidos en una cárcel dos visitantes que quisieron ofrecer un Nuevo Testamento a un preso llamado José. Cuando volvieron una semana después, José acudió, tendiéndoles los brazos y exclamando: -¡Ahora pueden llamarme hermano!
El finado pastor Wilhelm Busch de Alemania contó lo siguiente: “Hace muchos años tuve que predicar en una fiesta anual de jóvenes cristianos en una gran ciudad. Esos jóvenes cristianos habían construido una casa de campo. Quise verla. Me acompañó el director de deportes.
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