2º Domingo después de Trinidad
“La invitación”
“El vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu.
Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien armado, se va levantando para llegar a ser un templo santo en el Señor. En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu”.
Efesios 2:17-22 (Predicación)
Cuando celebramos una cena o una fiesta, hay personas que ya se saben invitadas a la misma. Hay otros que dudan acerca de si serán invitados o no. Y hay otros que saben que no serán invitados. Y finalmente hay otros que tampoco les interesa que los inviten.
Una interesante pregunta sería para nosotros en esta mañana, en nuestra iglesia: ¿Sentimos que estamos invitados a esta cena de la cual habla en parábolas nuestro Señor Jesucristo?
¿Qué es la cena? . La cena, es un momento de regocijo. Hay un dicho popular que dice la comida motiva el amor entre las personas. Cuando nos sentamos a comer con amigos esta no sólo es para satisfacer el hambre corporal, sino para entablar relaciones amigables. Las cenas o comidas o encuentros son un motivo de alegría. Jesús está hablando de algo que produce alegría, felicidad. Y que otra cosa puede ser esto, más que el encuentro final en el paraíso entre todos los amigos y amigas de Jesús. Un momento agradable y de felicidad que durará por siempre. La cena representa la vida eterna. ¿Nos sentimos invitados a esta cena? ¿Hemos recibido la carta de invitación? Seguramente que sí, ya en muchas oportunidades, la cuestión que debemos verdaderamente dilucidar es sí ya la hemos aceptado. Si hemos dicho: Sí, voy a participar, ¡Acepto esa invitación!. Hay muchas personas lamentablemente que, si bien han sido ya invitadas no han aceptado esa invitación. Y tenemos que decirlo, lamentablemente, estos no podrán entrar a la cena; no heredarán la vida eterna.
¿Qué significa estar invitado? Cuando nos invitan a una cena recibimos una tarjeta. Cuando nos invitan a la vida eterna ¿Qué se nos exige? Se nos invita a creer en Jesucristo como Dios y Señor del Universo. Y a aceptar su autoridad y nuestra obediencia a su Palabra la Biblia. Eso es aceptar su invitación. ¿Lo has hecho tú ya? No necesitas haber participado de ningún evento multitudinario o especial o público, necesitas confesar con tu boca en voz alta al Señor que aceptas esa invitación. Lo has hecho ya de manera consciente y fehaciente? Entonces siéntete invitado y seguro ya.
Hoy, si hay alguien en esta iglesia que no se siente seguro si ha aceptado esta invitación yo le motivo a que lo haga, a solas con Dios, aquí o en su hogar, pero debemos hacerlo ante él si de veras queremos participar de esa cena eterna.
La lectura principal de este domingo, es la de la epístola. Y está dirigida principalmente a los invitados. Se supone que los que estamos hoy reunidos aquí nos consideramos ya invitados. No sabemos si somos dignos de tal invitación, pero sí tenemos la certeza que hemos sido invitados. Y estamos seguros y tranquilos.
El apóstol nos dice que, a los que estábamos lejos y a los que estábamos cerca, nos invitó y tenemos acceso a Dios. Tenemos un acceso directo a Dios por medio de Jesucristo. Todos los que han aceptado a Jesucristo como hijo de Dios, tienen acceso directo a Dios. Somos de la familia de Dios. Ustedes saben que cada vez que hay una cena familiar, estamos seguros que estamos invitados de eso no hay dudas. Nosotros somos de la familia de Dios cuando decidimos formar parte de ella y si formamos parte de ella Dios dice que somos sus hijos. Y tenemos todos los privilegios de sus hijos.
Muchos de nosotros nos menospreciamos espiritualmente. Algunos puede ser porque todavía no tienen en claro que son hijos de Dios porque aún no se lo han declarado. Pero otros simplemente por una baja autoestima espiritual, si me permiten el término. Tenemos un poder de Dios inimaginable para nuestras vidas y especialmente para nuestra iglesia. Cuántos de nosotros hoy tienen dudas o miedos acerca del futuro de nuestra iglesia? Yo no. Y saben por qué, porque esta iglesia no es nuestra. La cabeza de la iglesia es de Jesucristo y él es el que decide cuando la iglesia se acabará. El sólo nos pide que confiemos en el él y que nos sintamos con su poder, con el poder que tienen sus hijos. Quizás lo único que nos falte es tener mayor confianza y alegría en él. Muchas veces cercenamos las bendiciones de Dios porque no creemos que él nos pueda amar tanto o querer escucharnos. Dios está aquí con nosotros en esta iglesia. El quiere hacer un cambio fundamental en esta iglesia pero debemos aceptarlo a él y debemos creer en él con todo nuestro corazón.
El apóstol dice que tenemos un acceso directo a Dios, pidámosle lo que necesitamos y él nos lo dará, para nuestra iglesia, para nuestra comisión directiva, para nuestro pastor, para nuestras familias, para nosotros.
Un joven soldado de la Unión perdió al hermano mayor y al padre en la batalla de Gettysburg. El soldado decidió ir a Washington, con la intención de entrevistarse con el presidente Lincoln y pedirle que lo exceptuara del servicio militar, para poder volver a su casa y ayudar a su madre y a su hermana en las labores agrícolas.
El guardia que estaba de turno en la Casa de Gobierno le comunicó que no podía ver al Presidente, ya que estaba muy ocupado. Le ordenó que se fuera y volviera al campo de batalla.
Desilusionado, el soldado se sentó en un banco de la plaza cercana de la Casa Blanca. Allí estaba, sin saber qué hacer, cuando se acercó un niño adonde estaba y viéndolo triste, le preguntó qué le ocurría. El soldado le contó su historia.
-Yo puedo ayudarlo -sentenció el muchachito, conmovido.
Tomando la mano del soldado, lo llevó de vuelta al portón de la Casa Blanca. Aparentemente el guardia no los vio, pues no fueron detenidos. Caminaron directamente hasta la puerta del frente de la Casa Blanca y entraron. Allí dentro, pasaron delante de generales y oficiales, pero ninguno dijo una palabra. El soldado no entendía lo que sucedía.
Finalmente, llegaron al Salón Oval, donde el Presidente estaba trabajando. El muchachito simplemente entró, conduciendo al soldado. Detrás del escritorio, estaban Abraham Lincoln y el Secretario de Estado examinando planes de batalla.
El Presidente miró al niño y luego al soldado, y dijo:
-Buenas tardes, Todd. ¿Puedes presentarme a tu amigo?
Y Todd respondió:
-Papá, este soldado necesita hablar contigo.
El soldado le hizo el pedido al presidente Lincoln, y allí mismo obtuvo la licencia que necesitaba.
Acuérdate de que nosotros también tenemos acceso al Padre celestial por medio de su Hijo, Jesucristo. El es nuestro intercesor, y podemos ir a su presencia en cualquier momento y hora.
Que el Señor pueda darnos la confianza de saber que él depositó un poder no humano en nuestras manos queda en nosotros el utilizarlo o no. Amen.
E.P.
Salmo: 36:6-11
A.T.: Isaías 55:1-5
Evangelio: Lc 14:15-24
El 2º Domingo después de Trinidad lleva como tema “La invitación”. Se desprende del Evangelio de la gran cena – la invitación que hubieron rechazado a los que les iba bien es por eso que, luego la invitación se hace a los marginales y paseantes quienes la aceptan con agrado. En este Domingo se trata más bien de reflexionar sobre esa invitación de Dios hacia nosotros mismos y de ver cómo respondemos a ella. Las demás secciones de lecturas toman este tema con distintas variantes.
En el 2º Domingo después de Trinidad escucharemos la invitación a la gran cena y damos gracias a Dios que él por medio de Jesucristo nos permite tomar parte de su Reino. La alegría por la invitación nos convierte a nosotros mismos en invitantes.
“El volverse a Dios, no es más difícil para las prostitutas y los cobradores de impuestos, sino para los piadosos, que piensan que no necesitan convertirse ni arrepentirse de nada”.
Brennan Manning
Date: 13 Junio 2010
Categories: Domingos y Fiestas de la Iglesia




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