El gusto por la excelencia
En 1985-1986 los artesanos y artistas que repararon la estatua de la Libertad en Nueva York quedaron impresionados por su calidad. Su constructor, el célebre escultor francés Bartholdi, no había dejado nada al azar. Por ejemplo, había puesto mucho cuidado en los detalles de la corona, en sus dentelladas puntiagudas y en la cabeza.
Amigos cristianos, hay una esfera en que debemos buscar la excelencia; se trata de la esfera moral. En efecto, Dios siempre nos ve, y para él vivimos. Somos sus testigos y debemos reflejar la perfección moral de Jesucristo. Pero a veces corremos el riesgo de desanimarnos en ese combate por el bien. Quizá pensamos: «¿Para qué vivir de manera diferente cuando las presiones para conformarse a los demás son cada vez más fuertes? ¿Por qué luchar para guardarse del mal y de la mentira, cuando tantos se dejan llevar por ello? ¿Para qué tomar una posición valiente si esto lleva a la incomprensión?»
Entonces miremos a otros cristianos que tienen una vida mucho más difícil, que están confrontados con la injusticia o la persecución. Ante todo, miremos a Jesús, nuestro Modelo, “aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:3).
Enviado por Pr. Rudolf Ross
Fuente: Almanaque “La Buena Semilla”, 15.10.2009




Un célebre comediante fue invitado a una fiesta de familia y se le pidió que recitase un texto. Como no sabía qué escoger, el abuelo le propuso el Salmo 23. El artista, un poco molesto, declamó con su habitual talento y fue felicitado con aplausos. Cuando se hizo silencio, el anciano creyente a su vez recitó el Salmo con su voz habitual. Todos estaban emocionados. Entonces el actor se volvió hacia el abuelo y le confesó: –Bien puedo decir que yo conozco el Salmo, pero usted conoce al Pastor.
Al salir triste y pensativo de la habitación de un enfermo, un pastor encontró a un amigo creyente. -No quiso que yo orara por él y está muriéndose. Si usted pudiera, háblele de su alma - dijo el pastor al visitante.
-Quédense con su vieja Biblia. No la necesito, ¡Yo soy mi propio dios! Así fueron recibidos en una cárcel dos visitantes que quisieron ofrecer un Nuevo Testamento a un preso llamado José. Cuando volvieron una semana después, José acudió, tendiéndoles los brazos y exclamando: -¡Ahora pueden llamarme hermano!
Comunicarse, dicho de otro modo, ponerse en contacto con alguien, intercambiar informaciones, compartir impresiones, cosas íntimas, etc. es una necesidad vital para cada ser humano. La ausencia de comunicación con los allegados produce un sentimiento de extrema soledad, un silencio interior insoportable. Según un reciente estudio, el silencio sería la causa principal del suicidio.
En una fiesta organizada por el rey de Prusia, Federico el Grande, se hallaba presente el conocido escritor y ateo Voltaire. Este sazonaba la conversación con observaciones humorísticas, pero también con burlas incrédulas. Una vez espetó, riéndose dijo: Vendo mi lugar en el cielo por una módica suma de dinero.
El autor de esta carta fue detenido el 4 de septiembre de 1686 a causa de su fe, a la edad de 23 años. Primeramente fue conducido a las galeras y luego encarcelado en un calabozo del castillo de If, en 1700. Desde allí escribió a otro creyente:
«He vivido seis meses en Bosnia al servicio de la ONU. Me pregunto cómo pude resistir siendo presa del temor de perder la vida, habiendo más riesgos que en otra parte. Pero no estaba solo. Cada mañana leía sin falta el calendario de la Buena Semilla. El contacto con una realidad que rozaba el pánico planteaba problemas mayores, e innumerables «por qués» y «cómos». Entonces creía que ya nada tenía sentido y que la fatalidad reinaba en el mundo. Pero las hojitas del calendario que levantaba cada día estaban llenas de esperanza y enseñanza. Contaban la vida de Aquel que se ofreció en sacrificio por el pecado de los demás. Traían la solución a problemas de los que había olvidado formularme y que habían sido reemplazados por preocupaciones cotidianas. Ciertos días hubo personas que quisieron acorralarme. Por ejemplo, una personalidad croata conocía mi fe, la que nunca oculté. Dotada de una gran cultura bíblica, literaria y filosófica, esta persona trató de influenciarme. Yo sentía que flaqueaba, pero el calendario me ofreció la liberación mediante la hojita del día. Dios le bendiga y le otorgue los medios para seguir con esta obra».
Se estima que en el mundo se hablan más de 6.000 lenguas. Hasta 2007, la Biblia completa fue traducida a 430 idiomas, el Nuevo Testamento a 1.140, y algunas porciones de la Biblia a otras 860 lenguas. Esto quiere decir que se puede leer la Palabra de Dios en parte o en su totalidad en 2.430 idiomas. Si usted la puede leer en su propia lengua, es un privilegio que otros 3.500 etnias todavía no tienen.
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